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La muerte del cangrejo

La frase quedó flotando en el aire, y el silencio cayó sobre el grupo como un manto. Quizás era el vino que habíamos tomado en abundancia después del asado, pero un poco lo tomamos en serio. Ninguna risa le sacó credibilidad a la afirmación de Rubén. La conversación había arrancado en lugares comunes de hombres que no se conoce tanto: fútbol y mujeres, pasando a la política pero de a poco virando a lugares más oscuros. Mientras el alcohol hacía su efecto habíamos llegado a las teorías conspirativas, a historias de asesinatos y a experiencias propias inexplicables. Todo se había construido para que ahora el comentario de Rubén fuera al menos escuchado. —¿Y...vos fuiste? —le preguntó alguien. —No, no soy tan masoquista —un poco se sonrió Rubén, y tomando de su vaso de fernet agregó—, pero...conozco historias, de buena fuente. Era un grupo que prácticamente no me conocía. En particular no sabían lo absolutamente escéptico que soy de todo este tipo de cosas. Por eso sentía el alivi...

Autoboicot

Cuando entró al consultorio, en el momento en que lo saludé, supe que algo había ido mal. Es extraña esta intuición que tenemos los psicólogos, esta capacidad de percibir los ánimos, los sentimientos ocultos del otro. Yo no sé si es una característica que desarrollamos durante la carrera o si, justamente, hemos elegido la carrera porque ya contábamos con ella. De cualquier manera, entró, nos saludamos incómodamente, y se sentó en la silla enfrente a mi sillón. —¿Qué onda? —le pregunté como si nada.  Era una pregunta que había desarrollado luego de varios años de experiencia. Era lo suficientemente ambigua como para dejar la pelota del otro lado. Admitía respuestas como "todo bien" (absolutamente ilógica pero válida) así como respuestas largas y profundas, que iban derecho al hueso del problema. Cada paciente gasta su dinero como quiere, no seré yo quien lo juzgue. Esta vez, mordió el anzuelo: — ¿Viste que yo tenía una entrevista el lunes pasado?  El hecho de que hub...

Los dioses y el fútbol

La patada del defensor fue dura y precisa. El delantero voló por los aires, rodó por el piso y gritó de dolor, casi como si estuviera intentando llamar la atención del referí. Se agarró sorpresivamente la cara en lugar de la pierna, esperando el dulce sonido que no tardaría en llegar: un pitido agudo que marcaba la infracción. El defensor se quejó ante la terrible injusticia, agarrándose la cabeza con incredulidad, el tiempo justo para convencer al hombre del silbato de no sacar su tarjeta amarilla. Una vez pasado el circo, los jugadores se dispusieron a jugar el tiro libre. La mitad intentando meter la esfera en el arco, la otra mitad intentando evitarlo. Las caras transpiradas, los ceños fruncidos y los músculos tensos, todo daba una inmensa seriedad al aparente juego. ¿Por qué ponían tanto empeño en las corridas?¿a quién dedicaban tantos minutos de esfuerzo? Arriba, en un plano superior, miles de personas observaban el partido, gritando con igual intensidad los de uno y otro equ...

Primeros auxilios

El 130 avanza raudo por Libertador, llevando más personas que las que debería, según cualquier regla de mínima seguridad y yo formo parte de esa gran mayoría que viaja parado, como si este colectivo fuera una representación de la sociedad misma. El chofer decide no detenerse en la siguiente parada, siguiendo algún misterioso criterio. Pero esta no es mi parada. Falta mucho hasta Independencia y me pregunto si esto significará algo. Pronto elimino esta pregunta de mi cabeza y vuelvo a mi análisis: aquel adolescente al lado mío o aquel señor de adelante tal vez... Me distraigo con las tipas de mi izquierda, que riegan la calle con sus flores amarillas. Y, de pronto, entra el sol por entre las hojas y vuelve nuevamente a mi memoria...el destello blanco del ambo...las indicaciones precisas, la autoridad en la voz... La vergüenza aprieta mi estómago otra vez, llenándome de adrenalina vana, porque la lucha está en mi cabeza, la lucha está en el pasado, la lucha ya está perdida. Me content...

Milongón azul

Imagen
— ¡Eh, qué hacés! —me saludó el gordo mientras abría la puerta de su departamento y me daba un abrazo de viejos amigos que se reencuentran—. El tiempo no te perdonó, ¿eh? —me dijo, quizás fijándose en mi incipiente calvicie. Yo lo miré y vi que estaba mucho más gordo de lo que recordaba, como si se hubiera tomado en serio el apodo jodón de la infancia. Supongo que adivinó mis pensamientos porque soltó un  —Bue, a mí tampoco —mientras se reía y se palmeaba la panza. —Qué bueno verte, gordo, hacía mil años. —Pff, escuchame una cosa, desde el colegio prácticamente. El exilio había sido largo y los dos nos habíamos alejado de ese pasado de niñez y adolescencia, dejando allí intocables los recuerdos, refugiados en el calor hogareño de lo ya vivido. La visita ahora a lo del gordo, inexcusable dado que yo pasaba por su país de residencia, traía de nuevo esos recuerdos. Yo estaba indeciso aún de si esto me alegraba o no. —...y Tito parece que siguió con lo del...

Un levísimo aleteo

Salí tambaleándome de la máquina, tosiendo el humo viejo, las piernas apenas sosteniéndome. Al menos el peso sobre las rodillas me mostraba que estaba vivo, que existía en esta dimensión y tiempo. Me miré las manos, las di vuelta, noté su corporeidad y corroboré lo que quería creer pero temía: existía. Como un fantasma de una línea temporal que no me correspondía, como un resabio de aquel otro universo en el que sí había nacido, allí estaba yo. Era. Por supuesto que el plan de viajar al pasado y cambiar a mis padres al momento de conocerse había fallado, pero había fallado tan estrepitosamente que había logrado que su encuentro amoroso nunca se diera, que jamás se juntaran y lograran el milagro de la creación mía. Y ahora, mientras caminaba para salir de aquel galpón donde se encontraba la máquina del tiempo empezaba a darme cuenta de la situación en la que me encontraba. Estaba visitando, quizás para siempre, un universo absolutamente extraño. Una bifurcación de la historia impens...

Un cadáver en la cocina

De repente estaba despierto, todos mis sentidos en alerta. La velocidad con que pasaba de dormido a completamente despabilado aún me asombraba. Cuando uno es padre aprende a incluso dormir con miedo, y yo hacía 16 años que no dormía profundamente. Trataba de decidir, aguzando el oído, ¿Había escuchado un grito o...? Y entonces se escuchó de nuevo, ahora alto y claro. —¡Papá! ¡Hay un cadáver en la cocina! Ella, profundamente dormida, se removió un poco en la cama. Al parecer había filtrado el grito después de la primera palabra. Tampoco se inmutó cuando salté de la cama y corrí escaleras abajo, el miedo irracional apretándome la mandíbula. Imaginando los peores horrores corrí y giré para entrar a la cocina-comedor. Con el miedo la mente vuela e imagina los peores escenarios posibles, preparándolo a uno para lo peor. Pero nunca habría imaginado encontrar lo que encontré: mi hijo sentado a la mesa, los codos apoyados, las manos entrelazadas, y enfrente suyo, la bandeja con los rest...