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Vandalismo

Con el cierre hasta el cuello, la capucha puesta, la práctica mochila a mis pies viajaba yo en el San Martín, mirando por la ventana la oscura noche del conurbano; noche más oscura que la porteña. Había elegido esa noche precisamente por su oscuridad, una oscuridad de luna. Los astros tienden a ser más regulares en sus movimientos que las nubes del cielo, y en ellos apoyé mi pronóstico. Así, con el sol, la luna y la tierra casi alineados sabía que la blanca pared no brillaría hoy con la luz de la luna, que es brillo de la luz del sol. Toqué la mochila a mis pies, repasando mentalmente cada uno de los objetos allí guardados. Cada uno, un objetivo específico y yo, como el más capacitado alpinista, me dirigía con ellos hacia mi destino, aquella blanca pared. Nunca me gustó que nominasen lo mío como "vandalismo", no porque no me banque aceptar lo que hago, sino porque con este nombre caigo en la misma bolsa que varias personas y actitudes que me desagradan. Quedo indistinguido ...

Encuentro con Otto

Hacía rato que no me podía dormir. No sé si eran las piedras debajo mío o el ruido que a veces hace el silencio, pero había algo que no me dejaba cerrar los ojos. Estuve un rato así, mirando el techo de mi carpa hasta que decidí salir a la fría noche. Había algo que me llamaba desde afuera, algo quedo y sutil como el viento entre las piedras. Abrí el cierre de la puerta, disfrutando de ese sonido tan particular, y salí pisando el frío. La luz me deslumbró. Era bien entrada la noche pero había mucha más luz de lo que uno hubiera esperado. No solo la luna iluminaba; los glaciares reflejaban la luz con un blanco que quemaba. El Tronador brilla con luz propia, dicen, y así parecía.  Un poco más adelante, sentado en un peñón sobre el vacío, se encontraba el hombre que me llamaba. Al principio pensé que era un ángel: la luz lo envolvía, y en su espalda se veían dos imponentes alas. Me acerqué lleno de curiosidad debido a lo extraño de la situación, y solo cuando estuve cerca  lo...

Admirar lo bello

"Yo creo que la gente ha perdido, a través de los tiempos, un poco la capacidad de admirar lo bello. Estamos todo el tiempo tan rodeados de estimulaciones, tan acostumbrados al espectáculo que, al presentarse delante de nos algo genuinamente bello, un paisaje, un acorde, una serie telescópica , no sabemos apreciarlo como se merece. Yo creo que hay que darle tiempo a estas cosas, hay que saber reconocerlas entre sus pares comunes y mundanos, elevarlas y distinguirlas. La belleza es algo que puede encontrarse en cualquier pequeña cosa de la vida, y es algo que maravilla (o debería maravillar) al receptor, al humilde observador. Pero, si uno se pone a pensar, ¿Qué es la belleza?, no encuentra fácilmente respuesta. Creo que es una de las pocas cosas que todo el mundo puede identificar mas no definir. Así como con la matemática. Y aunque estamos hablando de algo tremendamente subjetivo, no cabe duda de que existen ciertas cosas inevitablemente bellas en sí. Cosas en la que la opinión ...

Gerontofobia

Hubo  un momento en que supe que estaba perdido. Fue entre medio de alguna de las canciones, después del coral de Bach, creo, mientras limpiaba de mi trombón los restos de “agua condensada”. Se escuchaban los últimos frágiles aplausos, mientras se levantaba en el aire el polvo de esas manos otrora trabajadoras y rugosas, sino suaves y delicadas. Esas que hoy eran para todos las mismas: sacos guardando piezas en desuso. Mientras respiraba a mi pesar ese aire de células muertas, revisé nerviosamente las salidas. Los geriátricos no suelen abusar de salidas, en el sentido amplio de la expresión; el salón principal contaba con una lo suficientemente grande para que pasara un cajón, con rampa para sillas de ruedas y también había otra salida más pequeña que salía a un patio interno. Nada más. Ambas estaban, según descubrí, bloqueadas. Venía calculando mis posibles salidas con mucho cuidado pero al final la cantidad de ancianos reunidos en torno a la orquesta había obligado a una abuela...

Cuando los públicos desafinan

Hay una frase que he escuchado varias veces que dice que “las hinchadas afinan”. Es cierto. La verdad es que uno está en la cancha y ve que la canción, y toda la tribuna siguen un mismo tono, bastante distinguible. Te pueden estar cantando “te vamo a matar, te vamo a matar” o “¡hijo de puta, hijo de puta!” con un brazo en alto pero no se les puede negar que siguen todos el mismo tono. Y es medio raro eso. Yo me pregunto, ¿Quién tira la primera estrofa, quién establece el tono de la canción? ¿O es un tono promedio de lo que le queda cómodo a cada pibe de la hinchada? Siempre me llamó la atención. Lo mismo pasa con el feliz cumpleaños. Por más que empiecen todos a la vez, al final queda sonando (en general) un solo tono. ¿Irán cediendo los que van en otro tono para enganchar el tono principal? ¿Y cómo se define cuál es el tono principal, digo yo? Así y todo hay públicos que desafinan. Y no desafinan un poquito, eh, desafinan para el carajo. Se pueden ver muchos ejemplos en estos nuev...

Termopolítica

Viajando en el tren a la tarde, hasta los pensamientos parecen derretirse. La gente se queja, en voz alta, en voz baja, pero algunos son más originales que otros: "Hoy estoy enojado. Y sí, pecaré de no-originalidad, pero estoy muy enojado. ¿Por qué estoy enojado? Por este calor. Y no por el calor en sí, eh, no me confundan con un cualquiera más, está bien que haga calor, pero este calor es un poco más que el que debidamente nos merecemos, que el calor que debería hacer por naturaleza. Y usted dirá, ¿Por qué no se compra un aire acondicionado, hombre, y se deja de romper? Y es a eso  justamente a lo que me refiero. Es eso justamente lo que me tiene cruzao. No es solamente que no puedo, es, además que no  quiero. ¿Usted sabe acaso como funciona un aire acondicionado? ¿Usted se cree que enfría  el interior de la casa? No m'hijo, eso no existe. La casa se termina enfriando, es cierto, pero no son métodos mágicos. Lo cierto es que el aparato chupa el calor de adentro y l...

Empatía musical

Los violines y los violonchelos discutían enardecidos, en respuestas cada vez más cortas y violentas, acercándose juntos a ese punto de tensión en el que todo parece a punto de derrumbarse, entre cuerdas rotas y cajas deformadas por la presión. Pero nada de esto sucede. En cambio los timbales intervienen con su ritmo pesado y seguro, redoblando con el sonido sordo del trueno, llevando la melodía hacia su próximo movimiento. Y justo cuando los bronces respondían gloriosos cual clarines de guerra a cada brecha dejada por las cuerdas, justo en ese momento, como si el esfuerzo hubiera sido demasiado, todo cayó, y se calló. Ningún acorde final sostenido por la orquesta entera, ningún cierre a la armonía previa, sólo silencio y decepción. Habría estado terriblemente enojado con Beethoven si éste hubiera dejado el tercer movimiento de su primera sinfonía tan inconcluso, pero lo conocía demasiado bien como para no saber que simplemente me había quedado sin batería. Resignado me saqué los...