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Primeros auxilios

El 130 avanza raudo por Libertador, llevando más personas que las que debería, según cualquier regla de mínima seguridad y yo formo parte de esa gran mayoría que viaja parado, como si este colectivo fuera una representación de la sociedad misma. El chofer decide no detenerse en la siguiente parada, siguiendo algún misterioso criterio. Pero esta no es mi parada. Falta mucho hasta Independencia y me pregunto si esto significará algo. Pronto elimino esta pregunta de mi cabeza y vuelvo a mi análisis: aquel adolescente al lado mío o aquel señor de adelante tal vez... Me distraigo con las tipas de mi izquierda, que riegan la calle con sus flores amarillas. Y, de pronto, entra el sol por entre las hojas y vuelve nuevamente a mi memoria...el destello blanco del ambo...las indicaciones precisas, la autoridad en la voz... La vergüenza aprieta mi estómago otra vez, llenándome de adrenalina vana, porque la lucha está en mi cabeza, la lucha está en el pasado, la lucha ya está perdida. Me content...

Milongón azul

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— ¡Eh, qué hacés! —me saludó el gordo mientras abría la puerta de su departamento y me daba un abrazo de viejos amigos que se reencuentran—. El tiempo no te perdonó, ¿eh? —me dijo, quizás fijándose en mi incipiente calvicie. Yo lo miré y vi que estaba mucho más gordo de lo que recordaba, como si se hubiera tomado en serio el apodo jodón de la infancia. Supongo que adivinó mis pensamientos porque soltó un  —Bue, a mí tampoco —mientras se reía y se palmeaba la panza. —Qué bueno verte, gordo, hacía mil años. —Pff, escuchame una cosa, desde el colegio prácticamente. El exilio había sido largo y los dos nos habíamos alejado de ese pasado de niñez y adolescencia, dejando allí intocables los recuerdos, refugiados en el calor hogareño de lo ya vivido. La visita ahora a lo del gordo, inexcusable dado que yo pasaba por su país de residencia, traía de nuevo esos recuerdos. Yo estaba indeciso aún de si esto me alegraba o no. —...y Tito parece que siguió con lo del...

Un levísimo aleteo

Salí tambaleándome de la máquina, tosiendo el humo viejo, las piernas apenas sosteniéndome. Al menos el peso sobre las rodillas me mostraba que estaba vivo, que existía en esta dimensión y tiempo. Me miré las manos, las di vuelta, noté su corporeidad y corroboré lo que quería creer pero temía: existía. Como un fantasma de una línea temporal que no me correspondía, como un resabio de aquel otro universo en el que sí había nacido, allí estaba yo. Era. Por supuesto que el plan de viajar al pasado y cambiar a mis padres al momento de conocerse había fallado, pero había fallado tan estrepitosamente que había logrado que su encuentro amoroso nunca se diera, que jamás se juntaran y lograran el milagro de la creación mía. Y ahora, mientras caminaba para salir de aquel galpón donde se encontraba la máquina del tiempo empezaba a darme cuenta de la situación en la que me encontraba. Estaba visitando, quizás para siempre, un universo absolutamente extraño. Una bifurcación de la historia impens...

Un cadáver en la cocina

De repente estaba despierto, todos mis sentidos en alerta. La velocidad con que pasaba de dormido a completamente despabilado aún me asombraba. Cuando uno es padre aprende a incluso dormir con miedo, y yo hacía 16 años que no dormía profundamente. Trataba de decidir, aguzando el oído, ¿Había escuchado un grito o...? Y entonces se escuchó de nuevo, ahora alto y claro. —¡Papá! ¡Hay un cadáver en la cocina! Ella, profundamente dormida, se removió un poco en la cama. Al parecer había filtrado el grito después de la primera palabra. Tampoco se inmutó cuando salté de la cama y corrí escaleras abajo, el miedo irracional apretándome la mandíbula. Imaginando los peores horrores corrí y giré para entrar a la cocina-comedor. Con el miedo la mente vuela e imagina los peores escenarios posibles, preparándolo a uno para lo peor. Pero nunca habría imaginado encontrar lo que encontré: mi hijo sentado a la mesa, los codos apoyados, las manos entrelazadas, y enfrente suyo, la bandeja con los rest...

Sueños

Apenas lo vio acercarse supo de qué se trataba. Había estado, tan solo unos segundos atrás, sentado en su sillón leyendo su libro sin querer terminarlo. Sabía que, una vez terminado, el libro estaría muerto. Ocuparía para siempre el estante de los "ya leídos". En eso estaba, cuando sintió la presencia fuera de la casa. No sabía si había sido el oído, la vista u otro sentido, pero al mover un poco la cortina pudo ver desde el segundo piso los autos doblar la esquina. Por supuesto que supo de qué se trataba. Los primeros que llegaron fueron los equipos técnicos: bajaron de autos y camionetas cámaras, camarógrafos, micrófonos, microfonistas y otras personas con enigmáticas funcionalidades. Bajaron como rayos y truenos, anunciando lo que vendría. Y más atrás, la tormenta. El último auto llevaba un hombre sonriente, acarreando un trailer gigante. Cómo no iba a saber de qué se trataba si lo había estado esperando toda su vida. El terror lo hizo actuar de forma e...

El mejor día de tu vida

Lo encontré por casualidad, caminando sin rumbo al lado del canal, como caminan quienes están perdidos en su propia cabeza. — ¡Juampi!  —l o saludé desde lejos, mientras me acercaba —.  Juampi querido, tanto tiempo. Cuando lo tuve más cerca pude notar que estaba cabizbajo y sombrío, más aún que de costumbre. —Me enteré lo de hoy, te felicito. ¿Cómo estás? Mi abrazo fue tan poco recibido como mi pregunta. —Hoy tuve el mejor día de mi vida.  —dijo, con la emoción y calidez de una llave inglesa. No fue una respuesta, fue una observación. —Me imagino che  —le dije palmeándole la espalda  —. La verdad impresionante lo tuyo, pero ¿Por qué esa cara?, parece como... —No, no entendés  —me interrumpió, agarrándome con violencia de las solapas  —no entendés hermano  —sus ojos se movían desorbitados mirando juntos a uno y otro de mis propios ojos   —. Viví el mejor día de toda mi vida —N-no entiendo  —alcancé a decirle, un poco asustado por ...

Rutina

Aquel domingo de marzo acababa como muchos otros domingos, con esa monotonía y esa angustia propias de la nada. Acababa incluso como muchos otros domingos de marzo; si la pesadumbre del domingo se debe al inminente comienzo de la semana, lo mismo sucede con los meses de febrero y marzo: es tiempo de replantearse qué se va a hacer durante el año, y es tiempo de deprimirse ante lo inevitable. Y él acababa de llegar de hacer las compras para la semana, y abría la puerta con la destreza de quien lo ha hecho ya muchas veces. Podríamos llamarlo Juan, aunque su nombre no es realmente importante. Ella, leyendo junto al ventilador escuchó los pasos en el pasillo y supo que era él, y entonces apartó el libro que la había ayudado a pensar, pero que no estaba realmente leyendo. Supongamos que su nombre es Sofía -Gordi, ¿compraste las manzanas? - Le preguntó, más que nada para empezar la conversación. - Mhm - Afirmó él - cinco rojas para ti, 5 verdes para mí.- Cambió la estrategia inmediatam...